El trabajo sexual es uno de los temas más antiguos y controversiales de la historia. Para algunos, el trabajo sexual es el oficio más viejo del mundo, para otros, una forma de explotación que debe erradicarse.
Pero, más allá del debate moral y legal, el trabajo sexual es una realidad que involucra a millones de personas en todo el mundo y que, sí o sí, está ligada a la salud sexual de las personas.
Hablemos claro, no todas las personas alrededor del mundo que ejercen el trabajo sexual lo hacen por voluntad propia. Para algunas personas, es una elección, mientras que, para otras, es una situación impuesta por la pobreza, la trata de personas o la falta de oportunidades. En países donde el trabajo sexual es legal y regulada, las trabajadoras y trabajadores sexuales pueden acceder a protección, derechos laborales y controles médicos.
Sin embargo, en otros lugares, la clandestinidad solo aumenta los riesgos del abuso y violencia para las personas que se dedica a este trabajo. Según la OMS más de 90% de las personas que hacen trabajo sexual, provienen del tráfico sexual migratorio, controlado por mafias del sexo, las cuales mantienen en condiciones infrahumanas.
Lamentablemente, en la mayoría de los casos, este tipo de trabajo, se realiza por la falta de oportunidades o como una salida rápida para obtener ingresos y poder tener los insumos básicos para poder subsistir, sin embargo, es un camino muy difícil y complicado, el cual deja huellas y puede contraer problemas adversos.
Riesgos para la salud
Tener sexo sin protección siempre es una apuesta peligrosa, pero en el contexto del trabajo sexual, los riesgos se complican aún más. Ahora, no solamente entra el ámbito del peligro a contraer algún tipo de infección, además, entra el factor psicológico.
Cuando una persona mantiene relaciones sexuales con otra por amor, normalmente entrega lo mejor de ella, entrega amor, cuidado, estabilidad, comunicación, entendimiento y fragilidad, sin embargo, cuando se hace de forma negativa, se entregan traumas, angustias, violencia, odio y misoginia, lo que puede provocar que la otra persona se sienta empobrecida corporal y mentalmente.
Esto puede llegar a generar efectos postraumáticos graves para su salud mental, además de acumular inmundicias, negatividad, depresión, fobias, embarazos no deseados, lesiones en vagina o pene y lesiones en huesos o músculos.
Sin embargo, también están expuestas a infecciones de transmisión sexual como VIH, gonorrea, sífilis, clamidia, entre otras. Esto provocado a la falta de uso de preservativos, el intercambio de fluidos y la cantidad de personas que hacen uso de estas actividades.
Aunado a esto, las personas que se dedican al trabajo sexual, están sometidas en mayor medida a amenazas, maltratos, violaciones, abusos, tortura, humillaciones, degradaciones y por supuesto, a realizar cosas que no quieren y sin consentimiento por personas que no son de su agrado.
Independientemente de las posturas personales sobre el trabajo sexual, es clave abordar el tema desde un enfoque de salud y derechos humanos. En los países donde se ha regulado correctamente, se han reducido las tasas de ITS, se ha brindado protección legal y alternativas para quienes se dedican al trabajo sexual.
El trabajo sexual es un tema complejo y polémico, pero no por ello debemos ignorarlo o tratarlo desde el prejuicio. Es un fenómeno que implica cuestiones de salud, derechos y justicia social.
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Fuentes:
Muruaga, S. (s.f.). Prostitución y salud. AMS mujeres para la salud. Recuperado de: https://www.mujeresparalasalud.org/prostitucion-y-salud/